Cuando palpe su rostro multiforme con mis dedos planos, note que la sensación es una avara contemplación impávida del silencio. Entonces advertí que la vergüenza es la compañera ideal del soberbio, cerré las puertas del mercado sentimental y abrí las persianas del interior solitario, contemple entonces extasiado que la sordera es mejor para el mudo, y la ceguera para el ignorante sin sabor a vida...
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