Cierro la puerta tras de mí, cada paso es alejarse de algo que incomoda, mi casa, arrendada, pero mi casa. No me pertenece en lo más mínimo, cada mueble, cada adorno; estéticamente es una amalgama de sinsentidos puestos con la intención de impresionar por lo artístico, pero en definitiva no son más que rarezas mal pensadas, beneficiadas por la idea que el arte es algo extraño, en un mundo de complacencia mutua y alabanza egocéntrica a sí mismos.
Camino como de costumbre por las calles que me ven hace poco más de un año, y la verdad es que no extraño nada, nunca me he sentido aferrado a las tierras, a los sectores. Sino más bien a las personas con las que me rodeo, a los sentimientos buenos y malos que me provocan cuando estoy a su lado, cuando escucho una opinión ridícula, otra claramente errónea, otras falsas y una que otra interesante, de esas que hacen que mi espíritu de copuchento de barrio pare la oreja y siento el ardor de pecho cuando pronuncian los juicios contra el mundo conocido.
Una gaviota muerta, tendida en el pavimento seco de la calle vacía a esas horas de la mañana, condiciona el momento y el día. Uno nunca terminará de entender esos designios raros que impone la destino, pasar por un momento determinado en el lugar indicado en muchas ocasiones a cambiado vidas, decisiones, opiniones, acciones; esa gaviota condicionó de tal modo aquel día que no me extraño mayormente que al cruzar la calle casi me haya atropellado una camioneta de esas con la que los huasos remplazaron a las carreta, la chevrolet luv, más añeja que el conductor, ordinaria como las palabras que salieron dando vote por el hocico de ese perro rabioso que recriminaba, como si hubiese querido suicidarme y con eso hacerle perder tiempo demostrando su inocencia un par de horas después ante unos pacos que de mala gana preguntarían unas pautas que ya se conocen de memoria, o tal vez en aquella ocasión dejen que un novato se las dé de profesional del crimen y sea más incisivo que el burócrata corriente. Mientras el amable conductor me sube y me baja con la boquita que dios le dio, me pongo los audífonos del mp4 para escuchas alguna fome canción que nunca me motiva, quizá porque nunca la música a primado en mis gustos artísticos o tal vez porque yo mismo pongo canciones que sé que cambiaré cuando pasen por mis oídos; lo cierto es que en ese momento John Coltrane cumplió fielmente su cometido y mientras deje de escuchar la voz del amigo cantautor de poesía popular, vi como en la cara de ese niño en guata de grande se dibuja el odio contra su mundo expresado contra mí, por el sólo hecho de hacerle sentir lo miserable que es, no prestándole atención, ni pidiendo las disculpas correspondientes, sino tan sólo auto dibujarme una sonrisa irónica que frote la indecencia de su acto y la miseria de su persona.
Como he perdido el pase, tengo que hablarle al amable conductor de la micro “tucapel”.
-¡Maestro me lleva por 200!
Una agradable sonrisa que dice “me levante a las cinco pa` que vo` vengaí a decirme que te lleve por menos plata, cauro culiao, vo` pensaí que no veo a mi hija pa`que vo guardí plata pa` fumarte unos pitos, chascon conchaetumadre, andate a la mierda”
Cierra amablemente la puerta de su “maquina” y se marcha. No era que esperará irme a la primera, tan sólo que soñé por un momento que al irme en la primera micro demostraría que el día será grandioso y no como lo pensé en un primer momento…
No hay comentarios:
Publicar un comentario